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Sobre el impuesto a las herencias: ¿por qué insistir en hartar al pueblo?

Dr. Silvino Vergara Nava


«Habría que gobernar las sociedades como
se cuida la vida: capacitar, empoderar y facilitar».

Daniel Innerarity


En este mes que inicia (septiembre de 2020), dentro de los trabajos del segundo periodo ordinario del Congreso de la Unión, el partido político oficial —el que comanda las cámaras de diputados y senadores—, con bombos y platillos, ha puesto sobre la mesa su agenda legislativa. En ésta hay temas que tocan las periferias y no los problemas centrales del país ni, sobre todo, de su población. Parece que seguimos flotando en diversas realidades, igual que en legislaturas y gobiernos anteriores. Por una parte, hay una versión del gobierno, es decir, la realidad oficial y, por la otra, la del ciudadano que anda en las calles. Son dos realidades distintas, sobre todo, actualmente con la pandemia, la crisis de salud y la económica; y en ninguna se vislumbra una luz al final del horizonte, con la incertidumbre de los últimos meses del año y la incógnita que representa el año de 2021.

Considerando estas realidades tan diferentes, vemos que en la agenda del ahora partido oficial se sigue insistiendo con el impuesto que grave a las herencias; algo que, históricamente, no ha sucedido en la ley del Impuesto Sobre la Renta, pues las herencias se han considerado exentas de esa contribución, prácticamente desde siempre. Sin embargo, ahora con el aparente afán de transformar la nación, se propone nuevamente tal disparate jurídico: el impuesto sobre las herencias.

Poner en la palestra de nuevo el impuesto sobre las herencias (que, por cierto, está previsto en Estados Unidos de América y, por lo cual —dicho sea de paso— cada día nos acercamos más a regulaciones similares de ese país, totalmente diferentes a las de nuestra realidad mexicana) resulta preocupante, puesto que, lejos haber propuestas en la legislación fiscal que acaben con la discrecionalidad, la arbitrariedad y la corrupción que hay en cada una de las disposiciones tributarias, se propone la creación de un gravamen más, incluso, en el momento menos indicado para ello. De darse esta aprobación, se correría el riesgo de lapidar las elecciones de julio de 2021 para el partido político actual en el poder.

Pero eso no es todo. El problema principal es que, lejos de que se haya aprovechado el hecho de tener la mayoría en las cámaras para terminar con el derecho fiscal de la sospecha en el que estamos inmersos, se está haciendo lo contrario: se insiste en gravar rubros que no corresponden con la realidad de nuestra nación. Esto es así porque ese impuesto afectará, sobre todo, a la clase media y media-alta (pues, normalmente, a la clase alta no le pasa nada; siempre encuentra las alternativas para crear fideicomisos, sociedades inmobiliarias, etc.). A la clase media, aquella que, cansada de la corrupción y la falta de oportunidades, votó por un cambio, se le están diluyendo dichas oportunidades y, además, con estas regulaciones, se está haciendo más ancha la división entre las clases.

Esta propuesta del impuesto a las herencias es una muestra más de que, desafortunadamente, no existe el ideario suficiente para saber hacia dónde dirigir la nación. Lo cierto es que esta serie de regulaciones es una muestra suficientemente evidente de que no hay un ideario; es decir, no tanto un plan de trabajo, sino una serie de ideas y conceptos necesarios para planear las leyes y las políticas públicas requeridas; por el contrario, parece que todas las medidas que se implementan son por simples impulsos.

Habrá que ver la historia que se escribirá en el Congreso de la Unión cuando se dé el debate de esta nueva medida impositiva. Debate que estará muy lejos de los derechos constitucionales de los gobernados, de unos derechos que, en los últimos tiempos, han quedado precisamente en los simples discursos y los buenos propósitos, en vez de en su eficacia. Por ello, hoy estamos frente a otro más de los problemas artificiales creado por el sistema; artificial, porque no había ni hay necesidad ni de presentarlo ni enfrentarlo, sobre todo, en estos momentos tan catastróficos en los que se vive. Sin embargo, todo da a entender que todas estas acciones están encaminadas a plantear la pregunta de: ¿por qué insistir en hartar al pueblo?

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