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Hermanos todos —Sobre la encíclica “Fratelli tutti”—

Dr. Silvino Vergara Nava


«[…] la historia da muestras de estar volviendo atrás.
Se encienden conflictos anacrónicos que se
consideraban superados, resurgen
nacionalismos cerrados, exasperados,
resentidos y agresivos […]».

SS Francisco.
Encíclica «Hermanos todos».
1 de octubre de 2020.


Firmada con fecha del 1° de octubre de 2020, por SS Francisco, surge la tercera encíclica que el Papa emite en su pontificado. Está conformada por 123 páginas y habla sobre los problemas actuales en el mundo iniciando con lo que hoy debe ser considerado como una de las controversias principales para el pensamiento mundial, a saber, la globalización y las disputas que existen respecto de los que están a favor y en contra de ella. A los primeros se les denomina «globalifílicos» y a los segundos «globalifóbicos». Por ende, la vieja concepción del siglo XIX respecto de las izquierdas y derechas en la política ha sido superada ya desde hace bastante tiempo. Se podría decir que la fecha de cierre de esas disputas de izquierdas y derechas fue la de la caída del muro de Berlín hace 31 años y, pese a que aún hay resquicios al respecto, los insistentes con mantener vigente esas disputas son los que no han comprendido la historia reciente del mundo y, por ello, meditando sobre el mundo del siglo decimonónico.

En esta última encíclica, el Papa sostiene: «Abrirse al mundo» es una expresión que hoy ha sido cooptada por la economía y las finanzas. Se refiere exclusivamente a la apertura a los intereses extranjeros o a la libertad de los poderes económicos para invertir sin trabas ni complicaciones en todos los países. Los conflictos locales y el desinterés por el bien común son instrumentalizados por la economía global para imponer un modelo cultural único. Esta cultura unifica el mundo, pero divide a las personas y a las naciones, porque «la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos». Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia. Hay, más bien, mercados donde las personas cumplen roles de consumidores o de espectadores. El avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes. De este modo, la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el «divide y reinarás».

Una de las primeras líneas de la encíclica habla (en esta realidad globalizada) sobre los denominados «poderes económicos», también nombrados por la academia como «poderes salvajes» (FERRAJOLI, Luigi, Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional, Madrid, Editorial Trotta, 2011); sobre aquellos frente a los cuales no hay nación, gobernantes ni leyes suficientemente poderosos para frenarlos, para limitar sus acciones ni impedir que puedan ubicarse en los territorios que mejores ventajas les otorguen: mínimas cargas laborales, mayores exenciones tributarias y nulas restricciones ambientales. Donde estén estas tres facilidades es donde se ubican esas corporaciones. Por ello, el dinero fluye y circula más rápido que los propios seres humanos en el mundo, pues éstos, en el sistema actual, tienen limitados y exageradamente restringidos sus derechos humanos, como el de la libertad, por ejemplo, de migrar; pues migra el dinero, pero no las personas.

También, en la encíclica, excepcionalmente, se menciona el objetivo de esa globalización; el cual es, propiamente, crear una cultura única mundial, donde los gustos y las necesidades de los seres humanos sean los mismos para, con ello, dejar de considerar a aquellos como eso: seres humanos, y tratarlos como simples consumidores. Esta es la razón por la de la frase que ronda en el pensamiento de muchos filósofos actuales: «somos consumidores, somos consumidos». Somos consumidores de la misma ropa, comida, de los mismos enceres electrónicos, de las mismas diversiones y, ahora, hasta de los mismos males, como esta maldita pandemia provocada en algún laboratorio propiedad de esos poderes salvajes.

En este brevísimo párrafo que se comenta, también se habla de que el poder político es el que está sublevado al poder económico, y no al revés. Ella cita: «De este modo, la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales». Por ello, se hace lógica la frase de que en América latina «se vota, pero no se elige» (GALEANO, Eduardo, Patas arriba, México, Siglo XXI, 2009). Y esto bien puede salir a colación con una pregunta que cada día tiene mas fuerza aquí en México, en la medida que va pasando el tiempo: ¿de verdad, en las elecciones de julio de 2018, ganó la izquierda? Y de aquí salen otras preguntas propiamente mexicanas: ¿aún existe la izquierda?

Nuestro, gobierno con sus políticas de subsidios, provocando la dependencia de los más pobres y necesitados al sistema, además de su nula atención a las clases medias ni a las pequeñas y medianas empresas mexicanas ante la crisis económica causada por la pandemia, es una muestra de un gobierno ¿de izquierda o derecha? O, mejor dicho: ¿globalifóbico o globalifílico?

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