Silvino Vergara Nava
“Irak ha utilizado sistemáticamente a
civiles occidentales y kuwaitíes como
escudos humanos, colocándolos
en sitios estratégicos para
disuadir los ataques de la coalición.”
Documento desclasificado
distribuido por el
Bureau of Public Affairs
(1991)
En algún tiempo ya lejano de la humanidad, se asumía que, el trabajo era sinónimo de un esfuerzo que llevaba a una producción de algo bueno, se trabajaba en el campo para que se diera una buena cosecha, o crecieran adecuadamente los animales, se empleaba la gente en los tiempos de las grandes maquinas de vapor para poder transportar las mercancías que llegaran a más poblaciones, o bien, para producir en serie y en gran cantidad, es decir, el trabajo y lo empleos eran para un resultado bueno para la sociedad, por tanto, no se hacía mención de que un delincuente, un ladrón trabajaba. Cometer delitos no es un trabajo, pero está concepción se ha ido diluyendo con el paso del tiempo, las razones son muchas, abundantes y de todo tipo, pero lo principal es que, se está confundiendo en que cualquier esfuerzo, es un trabajo, sin mirar sus consecuencias.
¿Cuántas veces hemos observado en la televisión o escuchado en la radio, que un delincuente recientemente capturado, es entrevistado y sostiene que su trabajo ha sido delinquir, durante diez o 15 años?, y lo peor de todo es que, se dice con una gran naturalidad, que demuestra que ya no hay distinción en las consecuencias del trabajo.
El problema no es que exclusivamente los delincuentes asuman que esa acción es un empleo o trabajo, sino que hoy contamos con una gran cantidad de empleos de los cuales se llevan a cabo, sin considerar cual es la consecuencia de la labor diaria, pues quienes ya tienen el pleno conocimiento es aún más grave cuando saben que su labor genera el mal, el problema también es cuando se cae en la simple indiferencia de la labor diaria.
Grave es, por ejemplo, aquellos casos que se dan en el mundo occidental en que, entran a una institución del sistema financiero a laborar mujeres y hombres, como infiltrados del crimen organizado, estos ya saben que su labor no es nada buena, no va a dar frutos para un mejor servicio, para evitar esas infiltraciones, se han implementado diversas medidas legales, que incluso, han llegado hasta en la ley federal para prevenir e identificar operaciones con recursos de procedencia ilícita, con la reforma del 16 de julio de 2025, para evitar que quienes son obligados en esa ley, puedan ser infiltrados para conocer información valiosa de sus operaciones y sus clientes.
Otro caso es lo que está sucediendo ya desde algún tiempo, con los soldados de Estados Unidos en la guerra interminable contra Afganistán, en lugar de enviar a esos soldados al campo de batalla, resulta que ahora el campo de batalla está atrás de una computadora y desde allí controlan con drones el combate y provocan muertes al otro lado del mundo, su trabajo es de oficina, sin considerar que su empleo es aniquilar mujeres y hombres que nunca conocieron, y que menos aun les han causado algún daño personal.
En la Guerra del golfo, que le denominaron por el ejercito norteamericano como: “La tormenta del desierto”, originada por la invasión que hubo del ejercito de Irak a Kuwait, por lo qué se formó una coalición de ejércitos de 35 naciones para proteger a Kuwait, se sostuvo durante la historia de esa guerra, que el ejercito de Irak, no contaba con la fuerza suficiente para contener a esa coalición de países, por ello es que, aplicó diversas medidas como era la elaboración de tanques y equipos militares de fibra de vidrio y cartón, para despistar al enemigo, o bien, disponían de personas civiles, sobre todo extranjeros y adultos mayores para colocarlos y ubicarlos en zonas estratégicas con el propósito de que no fueran bombardeados, y si eran bombardeados, era una buena excusa que se estaba matando a civiles, indefensos, no armados, cometiendo así delitos de lesa humanidad.
Y sin ir muy lejos, lo que ha sucedido últimamente con los granaderos en las marchas de protesta que se han presentado, que a sabiendas del daño que causan a simples manifestantes, ciudadanos de a pie, no armados y en plan pacifico, los maltratan, lesionan, dañan, justificando que es su trabajo, o incluso, que últimamente, sin supervisión alguna de personal de mayor jerarquía, que es la única razón que se puede entender lo que está pasando, en el caso de los inspectores de los parquímetros, que para que no reciben quejas, insultos, vejaciones o hasta golpes de aquellos ciudadanos que desafortunadamente sufren una infracción por el mal estacionado de sus vehículos, resulta que, ponen mujeres o personas de la tercera edad, con el riesgo que corresponde para estos últimos, el estar trabajando a la intemperie y con las enfermedades propias de la edad, resulta que estos son utilizados con ese objetivo, como una especie de escudos humanos para la arbitrariedad, pero es que esas mujeres y adultos mayores, no piensan porque fueron contratados para esos “trabajos”, y aun más, que desconocen si esa labor es para algún bien, o simplemente, es para dar la cuenta que se les exige diariamente.
Cuantos políticos han pasado a lo largo de la historia, que a sabiendas de lo que representa un cargo público, lejos de que estén en esos cargos para desempeñar óptimamente esa función pública, se sitúan en esos lugares para lucrar, hacer negocios, etc., pero sus subordinados que simplemente lo que hacen es un trabajo meramente mecánico, no les interesan las fechorías de lo que están viendo diariamente, o bien, el simple legislador que alza la mano para aprobar una ley que no entiende o mejor dicho que nunca leyó, como la reforma de la ley de amparo del 16 de octubre de 2025, que permite que los jueces apliquen retroactivamente la ley, en perjuicio del justiciable, y lo peor de todo es que, en el papel de los jueces que cuentan con las facultades suficientes para no aplicar la reforma de manera retroactiva, como lo dictamina la propia jurisprudencia de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, simplemente aplican reforma, hacen su trabajo, sin mirar las consecuencias de sus decisiones, por ello es que vale la pena esa pregunta: ¿Hay vida en el inspector, en un policía, servidor público o juez cuando no piensa las consecuencias de su trabajo, o bien, si lo que está haciendo es un trabajo para bien?
(Web: parmenasradio.org)